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Cuando le enseñas historia a un niño, ¿qué le estás enseñando? Le estás enseñando cómo esta ciudad acabó con aquella ciudad, cómo este rey fue asesinado por aquella mujer, cómo esta guerra cambió las fronteras aquí y allá. Para un ser civilizado, es una imagen bastante extraña. Ni siquiera los simios se dedican a este tipo de cosas. Al enfrentarse a ese aspecto de sí mismo y de sus semejantes, el hombre ha buscado durante mucho tiempo una respuesta al enigma de su propio comportamiento, y modos de remediar ese comportamiento. Mucho antes del filósofo griego, Diógenes, el hombre estaba buscando esas respuestas a sus preguntas; en Babilonia, Caldea, en la India, e incluso en los lejanos tiempos primitivos, los hombres capaces de pensar se preocuparon por la conducta antisocial e irracional de sus semejantes. Durante el último siglo dos circunstancias aceleraron la búsqueda del hombre por la respuesta a su propio enigma: la primera fue la energía y la curiosidad de Sigmund Freud, y la segunda, las matemáticas de James Clerk Maxwell y sus estudios de la energía en el universo físico. Estas dos circunstancias surgieron casi simultáneamente.
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